EL INDIANO DEL ÓRBIGO.












     Para los que seáis de la zona del Órbigo, la fábrica de fundas de paja para botellas os resultará una imagen familiar. Para los que no seáis de por allí, quizá no. En todo caso, la finca “Villa Blanca”, dónde se situó la fábrica, tiene una historia legendaria.
     Santiago Villamil era un joven astorgano de familia pudiente. Estamos hablando de principios del siglo XIX. Muchos años más tarde, Luis Alonso Luengo, cronista oficial de Astorga, relata en su novela “La invisible prisión” la vida aventurera de este hombre especial, cuya huella aún está visible en Hospital de Órbigo. ¿Cuánto hay de real en lo que cuenta Alonso Luengo, y cuanto de ficción literaria? En todo caso, la historia es fascinante.














     Santiago Villamil no era ningún ejemplo de virtudes. Gustaba de la compañía de las mujeres de vida alegre, en los suburbios de Astorga, y el juego le gustaba tanto cómo el trato de las gentes de mal vivir. Un día, en medio de esa vida sin freno, se cruza en su camino Blanca Juana Manrique, una bella joven de 18 años… y los dos se enamoran perdidamente. Por supuesto, con la oposición de ambas familias. La de él, porque no le veían preparado para afrontar un compromiso serio, ni matrimonial ni de ninguna otra clase. Y la de ella, porque mentar en Astorga a Santiago Villamil era mentar al demonio.










     A Santiago no se le pone nada por delante, y un día, a la salida de misa, Blanca Juana desaparece. Y Santiago. Se han escapado juntos, aunque su padre consigue localizarles en León. Una acción así, en aquella época, obligaba a los autores de tal atrevimiento al matrimonio o a la cárcel. Por supuesto eligen lo primero, y el matrimonio se realiza. Pero el padre de Santiago pone una condición. Le da a su hijo una fuerte suma de dinero para que se vaya a estudiar derecho a Valladolid, quedando Blanca Juana en Astorga, y exigiendo a Santiago la promesa de un cambio absoluto de conducta. Y Santiago se compromete.
     Y el compromiso dura… unas pocas horas. Las que tarda la diligencia en llegar desde Astorga a Valladolid. Porque, nada más llegar, Santiago se sienta a la mesa de juego, y pierde hasta el último real que le ha dado su padre.







     Así consta en unas supuestas memorias de Santiago Villamil que Luis Alonso Luengo incluye en su novela. Y también consta que Santiago, espantado de lo que acababa de hacer, vende sus pocas pertenencias y se va a Cádiz, dónde se enrola en un barco camino de América.
     Blanca Juana queda en Astorga, desolada, abandonada por su pródigo marido. Y un día, inesperadamente, seis años después de la marcha de Santiago, se recibe un dinero en un banco de Astorga, a nombre de Blanca Juana. Ella no lo recoge, y se van produciendo sucesivos envíos de fondos que se van acumulando. Sigue pasando el tiempo, y quince años más tarde… aparece Santiago de nuevo en Astorga. Ahora es un caballero rico, que viene de las Américas acompañado de una gran fortuna.








     Blanca Juana, de momento, no se manifiesta. Santiago ha realizado varias inversiones al volver a España, y es en lo que se ocupa. Y cuando un asunto urgente le hace emprender viaje, tiene un accidente en Hospital de Órbigo. Nadie resulta herido, pero tiene que pernoctar en la Villa mientras reparan los daños del carruaje. Un equívoco, digno de una comedia de enredo, le lleva a aceptar la hospitalidad de una dama de la localidad, ya que su criado confunde la casa de la señora con la posada. Todo se aclara, y Santiago acepta la hospitalidad de la señora, que reúne en su casa a los personajes más importantes de la Ribera. Y Santiago queda totalmente conquistado por la Villa de Hospital de Órbigo, decidiendo instalarse allí.









     Así nació Villa Blanca, muy cerca del río, en el camino hacia San Feliz. En honor de Blanca Juana Manrique, a la que quiere recuperar, Santiago le pone ese nombre a una casa que construye aprovechando las instalaciones de un antiguo molino. Los terrenos circundantes se convierten en tierras de labranza, realizando una gran inversión. Compra tierras linderas con la suya, trae un jardinero francés, sin reparar en gastos. Quiere un palacio para su princesa.
















     Y Blanca Juana vuelve, e intenta retomar la convivencia… pero, pasado un tiempo, el intento se malogra.  Cuando años más tarde aparecen las memorias de Santiago Villamil, y su diario, se dan algunas pistas para explicar el por qué de ese fracaso. Volvamos hacia atrás en el tiempo, cuando nuestro protagonista se fue a América, asustado, después de haberse jugado, y perdido, el dinero que su padre le había dado para terminar su carrera de derecho. Allí, después de algunos trabajos que sólo le permiten sobrevivir, se enrola como administrador en un barco negrero. Recordemos que estamos en pleno siglo XIX, y la trata de esclavos es una actividad muy próspera. Poco a poco va haciéndose con los entresijos del negocio, y se asocia con un vizcaíno que tenía la base de sus asuntos en La Habana. Allí, ambos socios juntan una fortuna con el negocio de esclavos, y Santiago vive rodeado de lujos. Se vuelve un hombre déspota, y tanto su socio cómo él tratan a los negros peor que al ganado.









     El vizcaíno, (Alonso Luengo le llama Goyeneche, pero no podemos dar ese nombre por verdadero, dado que a lo largo del libro descubrimos otros personajes reales a los que el autor ha  rebautizado a su antojo) es un hombre duro y cruel, igual que Santiago, pero trata a éste como  a un hermano. Procuran no viajar nunca juntos, para evitar riesgos. Con frecuencia, cuando el que se ha hecho a la mar es Goyeneche, Santiago visita su casa, y es recibido por su esposa, Juana, una bella mulata a la que Goyeneche ha rodeado de lujos. El socio de Santiago no se fía de nadie, celoso. De nadie, excepto de Santiago…  y ese es su error, porque la mujer se enamora perdidamente del socio de su esposo.
     En uno de esos viajes a África, deciden hacer una excepción, debido a la envergadura de la operación, y viajan juntos. Y la suerte no les favorece. Son atacados por un barco inglés, que persigue a los barcos negreros. Para aligerar el buque, sin piedad, tiran al mar una gran parte de la carga de seres humanos, pero finalmente se produce el abordaje. Santiago y su socio huyen en el último momento en un pequeño bote, y empieza una larga travesía en solitario hacia Cuba, con pocos víveres y poca agua. En un momento dado, el vizcaíno se desespera, y cree que va a morir. Y confiesa a Santiago su gran secreto.
Goyeneche (si es que ese era su nombre real), en uno de sus viajes a África a la búsqueda de esclavos, se ha hecho con la propiedad de una mina de diamantes, pero no se lo ha dicho a nadie, ni siquiera a su esposa. Confía en Santiago, y le entrega los documentos del yacimiento, encargándole que, si sobrevive, se los entregue a Juana y le ayude a explotarlo. Santiago acepta el encargo, y cuando las provisiones se están acabando, llegan a Cuba.
















     Y Santiago comete una infamia incalificable, allí mismo, en el pequeño bote, a la vista de la ansiada costa, asesina a su socio, arroja el cadáver por la borda, y se queda con los documentos de propiedad del yacimiento. Cuando llega a Cuba, relata a la viuda de Goyeneche una versión de su muerte muy distinta de la realidad. Y le notifica que abandona Cuba y deja en sus manos los negocios, y que se marcha a lejanas tierras. La bella mulata no deja de sentir la muerte de Goyeneche, pero ya se estaba haciendo la ilusión de poder unir su vida a la de Santiago… y se queda asombrada. Le maldice mil veces, con toda la fuerza de su ascendencia africana, y sospechando la verdad que no puede probar.

    Santiago se va de Cuba, y amasa una gran fortuna explotando la mina de diamantes de su socio. Y así aparece un día en España, y con ese capital, construye Villa Blanca, adquiere los terrenos que la rodean e intenta reconquistar a Blanca Juana. Pero, todas estas vivencias han minado su espíritu, y le han vuelto un hombre con quien la convivencia es casi imposible. Además, los negocios después de un arranque aparentemente próspero, empiezan a decaer. Las demás inversiones tampoco van bien, y todo ello hace de Santiago un hombre insoportable. Y Blanca Juana toma un día su carruaje, y dejando una carta para su marido, le abandona.








     Un día, Santiago informa a todos los que le rodean que liquida sus negocios y se va a Londres, donde le requieren asuntos de importancia. Salda cuentas con sus empleados (con sus principales proveedores no, puesto que ya no le es posible), y visita a sus amigos de Hospital de Órbigo, para despedirse, cómo tenían por costumbre los ciudadanos de buena crianza de la época. Incluso recibe un encargo de uno de sus vecinos, que le encomienda pasar por el establecimiento que tiene el Relojero Losada en Londres para recoger un cronómetro.




El relojero leonés José Rodriguez de Losada. Foto Diario de León.


     Pero… su propósito es muy diferente. Cuando termina su ronda de visitas, se retira a Villa Blanca. Enciende las luces de todas las habitaciones, y las recorre de una en una. Y poco después, se oye una detonación. Santiago Villamil yace muerto en su cama, después de dispararse un tiro en la sien. La piedra del anillo que luce su mano está rota, quizá por alguna torpeza ocurrida en el momento de accionar la pistola. Los criados que descubren el cadáver no lo saben, pero esa sortija se la había regalado Juana, la bella mulata cubana esposa de su socio. Y cuando lo hizo le aseguró que en la sortija estaba la suerte de su dueño, suerte buena o mala. Y que la rotura de su piedra era el augurio de una muerte cierta.











     Esta es la historia que Luis Alonso Luengo nos relata en su libro “La Invisible Prisión”, y al terminar de leerlo no pude hacer otra cosa que ir hasta Hospital de Órbigo y visitar el lugar. En el prado junto a la casa aún se alza la impresionante sequoia que plantó Santiago, junto con otros árboles, aunque algunos hayan desaparecido por el transcurso del tiempo. Sin duda, una gran parte de lo que relata el libro forma parte de la creación literaria, pero, la casa allí está, y es real, y el indiano vivió allí, y fue real. Y los hechos, en su mayor parte, ocurrieron realmente.





Luis Alonso Luengo. Foto César Andrés (Diario de León).


     ¿Y Blanca Juana Manrique, la esposa dos veces desairada? Los vecinos y amigos de Villamil intentaron localizarla, para informarle de la terrible noticia, pero nadie fue capaz de dar con su paradero. Su casa de Astorga permanecía cerrada desde el día en el que su dueña había aparejado el carruaje para dirigirse a Hospital de Órbigo, para retomar su convivencia con Santiago Villamil, con el resultado fallido que conocemos.


     Años más tarde, nuevas familias se instalaron en Villa Blanca, y otras sagas familiares se crearon alrededor de la casa, y aun la ocupan. En los mismos almacenes que Villamil construyó junto a la mansión, se instalaron otras industrias, entre ellas la fábrica de fundas de paja para botellas que fue conocida en toda la ribera. 










     Pero, entre los recuerdos de esas nuevas familias, que después de cien años de implantación ya forman parte del lugar, no ha desaparecido totalmente la sombra de Santiago Villamil, el indiano, e incluso hay quien afirma que es posible que su cuerpo repose en los terrenos que rodean Villa Blanca, a pocos metros del Órbigo.



LA SAGA FAMILIAR DE LA CASA DE BOTINES.






Ya se encuentra en las librerías la novela “La casa de las cuatro torres”. Este libro, que se puede calificar como del género histórico, nos relata la odisea familiar y humana de la Casa de Botines.
Casualmente, este libro aparece en el 125 aniversario de la construcción de la Casa, efemérides que ha convertido al edificio en protagonista de la actividad cultural reciente. La obra no presta especial atención a la arquitectura de Gaudí, materia muy bien estudiada por autores con mejores conocimientos. En cambio, profundiza en la peripecia de los habitantes de León que se vieron envueltos en su órbita. No sólo desde que abrió sus puertas en la Plaza de San Marcelo, sino mucho antes, cuando fue cobrando vida en los sueños de sus promotores. 
La Casa de Botines no es solamente una edificación majestuosa y peculiar que aparece en León en los últimos años del siglo XIX, nacida del genio de Gaudí. Además de todo eso es el epicentro de toda una saga que implica a varias familias, y de muchas relaciones personales y empresariales. Es un elemento fundamental de la vida económica y social de la ciudad en el momento en el que ésta se abre al siglo XX.
        En “La Casa de las Cuatro Torres” el lector descubrirá esa trama de intereses y circunstancias, muchas de las cuales hasta ahora eran desconocidas por el público, y también las ilusiones, las pasiones… y las decepciones de todos los que vivieron la gestación de la Casa. Y disfrutará al sumergirse en la atmósfera y en las calles de un León que ya no existe, pero del cual quedan muchos vestigios.





      
      En este plano se indican los lugares que fueron escenario de los hechos que se relatan en "La Casa de las Cuatro Torres". En la parte derecha podemos ver la Plaza Mayor, y en ella la casa del portal num. 8 de dicha plaza, donde se ubicaba el negocio de Homs y Fernández. En el centro, las plazas de Los Boteros (Don Gutierre) y de San Martín, esta última todavía dividida en dos plazas (Las Tiendas y Las Carnicerias). En la parte superior izquierda, el antiguo hospital, entre las plazas de San Marcelo y Santo Domingo.
      También hemos señalado, en el centro de la imagen, la ubicación del Café de la Estera, enclavado entre dos calles (Conde Rebolledo y Cascalería). El interés de este lugar se basa en el hecho de ser el punto de reunión de los políticos republicanos de finales del siglo XIX y principios del XX, destacando entre ellos la importante figura de Miguel Morán, que se unió en parentesco con los miembros de la familia promotora de la Casa de Botines.
      Y muchos otros lugares que, sin duda, atraerán la atención del observador.

RUTA TURÍSTICA.



Desde el suelo, el Hospicio ya ofrecía el aspecto de una mole, pero a vista de pájaro el enorme tamaño del edificio es evidente. 





Estas medidas desmesuradas del edificio, produjeron toneladas y toneladas de escombros cuando se produjo el derribo del mismo en los años sesenta. Algunos, escombros de lujo... otros, escombros pobres... Y algunos, a pesar de ser escombros de lujo, desaparecieron en el caos de la demolición.











El derribo fue largo. Se prolongó durante varios años, e incluso se produjo la convivencia de los restos del viejo edificio con el recién construido Conservatorio.












Y como ha pasado muchas veces con operaciones similares, los restos quedaron diseminados aquí y allá, en las ubicaciones mas dispares. 








Eso, en cuanto a los restos que gozaron de mejor fortuna. Porque sabemos de alguna pieza que fue salvada in extremis, gracias al buen sentido del conductor de un camión, a quien le llamó la atención que en un bloque de cascotes... hubiera unas letras grabadas.





En primer lugar, aunque no forma parte de la operación del derribo, nos fijaremos en la Puerta de La Reina, elemento emblemático del conjunto del Hospicio, aunque se separó del mismo mucho antes de su demolición.






Este elemento arquitectónico estaba en lo que hoy es la calle Puerta de La Reina, es decir la pequeña vía urbana que rodea al Teatro Emperador por su parte trasera.








En esos años, entre los responsables del urbanismo reinaba la moda de los traslados. Esta tendencia fue la causante de la aparición de la fachada y las torres del Monasterio de Eslonza en una iglesia de reciente construcción, y además en pleno centro de León (San Juan y San Pedro de Renueva).











Y la aparición de una gran parte (algo modificada) de un palacio de Renedo de Valdetuejar en la estructura del nuevo Hospital de Nuestra Señora de Regla, a pocos metros de La Catedral.







Pero, eso son otras historias. En esta ocasión, nos vamos a fijar en los restos del Hospicio. Y volviendo a la Puerta de La Reina, ahí la tenemos, en la fachada de la nueva Audiencia de la Calle del Cid. ¿Este traslado salvó la integridad de la Puerta, que en tiempos fue la entrada de la fábrica textil (fallida  fábrica textil) que allí se construyó, antes que el Hospicio? ¿O fue un atentado a la idea original, que situaba la Puerta en un lugar concreto, donde se debió restaurar y reutilizar para acceso de los nuevos edificios que allí se proyectaron? Los autores no se ponen de acuerdo.







Sigamos buscando restos. Y sin desplazarnos mucho, o mejor dicho nada, porque algunos están en el mismo lugar donde estuvo el desaparecido Hospicio. Aquí vemos la galería interior del Edificio Fierro, que alberga restos de muy distintos orígenes. 







Y entre ellos, parte de una lápida que se encontraba en el patio del viejo Hospicio. Esta lápida, o lo que queda de ella, se salvó de milagro, cuando ya una parte de la misma estaba en la caja de un camión, con billete hacia el vertedero de escombros.












En ese mismo patio, lucía orgulloso el escudo del Obispo Cuadrillero, creador del Hospicio.












Para localizarlo actualmente, ya debemos empezar a alejarnos del solar original donde se asentó la institución, y empezamos nuestra ruta en busca de los gloriosos cascotes. Esta primera etapa no nos va a llevar lejos, porque aquel escudo de Cuadrillero actualmente descansa en el claustro del Palacio de Los Guzmanes, sede de la Diputación Provincial. Palacio acogedor, que se ha convertido en refugio de restos de varios edificios históricos desaparecidos. (De los que nos acordaremos en otra ocasión).









Nuestra siguiente etapa, ya nos lleva fuera del casco urbano, camino de la vecina villa de Carbajal de La Legua. Cuando vemos fotografías antiguas del Hospicio, siempre nos llaman la atención esas columnas con cadenas que rodeaban el edificio, columnas coronadas con cartelas donde se podían leer varias inscripciones alusivas a la creación de la institución.









Parte de esas columnas están allí, en lo que se llamó la “Ciudad Residencial Infantil San Cayetano”. Muchos leoneses creen equivocadamente que ese nombre, San Cayetano, sólo corresponde al nuevo complejo de la carretera de Carbajal, cuando en realidad no es así. El antiguo Hospicio ya se llamaba “San Cayetano”.





Este nuevo y enorme complejo de edificios, actualmente alberga varios servicios de la Diputación y de otros organismos. Y allí se pueden ver las viejas columnas, y las inscripciones que durante tantos años flanqueaban el antiguo Hospicio. Inscripciones con máximas bíblicas, relativas a la existencia y creación de la institución. Algún autor ha creído ver algún misterio en esas inscripciones, como la posibilidad de ocultar en ellas, mediante anagramas, el nombre del secretario de Cuadrillero...








Y como la caminata nos puede haber fatigado, para calmar nuestra sed qué mejor cosa que recurrir a la fuente del patio del Hospicio. Que afortunadamente también ha sobrevivido, y además en un trastero de lujo. Nada menos que en el jardín interior de San Marcos, convertido actualmente en hotel de muchas estrellas.











Allí, en ese bonito jardín de estilo francés, junto al Bernesga, reposa aquella fuente del patio, que tantas veces calmó la sed de los muchachos que durante mas de un siglo  nacieron a la vida en el Hospicio de los prados de San Francisco. Perfecto lugar para acabar nuestra ruta. Es mi deseo que no os haya resultado fatigosa.

TEXTO: Javier Garnica Cortezo.

Según una idea sugerida por Julián Robles. 
Con indicaciones imprescindibles de Wenceslao Alvarez Oblanca.


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EL SEDUCTOR DE LA AVENIDA.



Al inicio de los años sesenta, el Depósito de Sementales de León estaba todavía en su apogeo, aunque a las instalaciones de San Marcos les quedaba muy poco para su desmantelamiento y posterior traslado a la Carretera de Asturias.

Esta institución cumplía una función de enorme utilidad, en aquellos años. Se ocupaba de seleccionar y cuidar los caballos de las mejores razas, tanto de silla como de tiro, o de producción de carne, para que cualquier ciudadano, a cambio de una módica cantidad, pudiese cubrir su yegua, o yeguas, y mantener unas lineas de calidad en la cabaña ganadera. La importancia económica de esta actividad era indudable.







Los sementales de más éxito eran verdaderas estrellas. Se cuidaban, se bañaban, se paseaban... y no sólo tenían asegurado el sustento, otras necesidades estaban, sin duda, cubiertas. En realidad, la satisfacción de esas necesidades era la razón de su existencia.






Lo que voy a relatar ocurrió quizá en 1961, quizá en 1962... la memoria del testigo que me lo contó no lo precisa al cien por cien, pero sin duda fue al principio de esa década. La economía, en aquellos tiempos, estaba... como estaba. Los hombres del campo no podían permitirse pagar un transporte para llevar su ganado al Depósito, para ser cubierto por el semental adecuado. El sistema era el de siglos atrás. Con montura, o a pelo, el hombre se subía en la yegua... y lo que se tardase, eso se tardaba. Incluso se comentaba que había gente que venía montada desde ciudades bastante alejadas, haciendo noche donde tocara. Se viajaba en grupo, para poder socorrerse unos a otros, y en el zurrón se llevaba la sencilla comida que la fortuna y las buenas manos de la esposa nos hubiese dispuesto. Y carretera, y manta.






El paisano protagonista de nuestra historia llegó a San Marcos, probablemente después de un largo camino, y entró por lo que los reclutas, y también los oficiales, llamaban “La Puerta Falsa”. Esta puerta se conserva todavía. Está entre la Casa del Peregrino y la Iglesia. El hombre llegó a la puerta (suponemos que con el cansancio normal del viaje) y se detuvo nada mas atravesarla. Cuentan los testigos que, como muchos otros usuarios del Depósito, traía incluso un paraguas colgando de la montura, utensilio imprescindible en este tipo de desplazamientos.












En aquel tiempo, la Puerta Falsa daba a un pequeño patio al que se asomaban las cuadras y el picadero. Y, a la puerta de aquella cuadra, estaba el principal protagonista de nuestra historia. “El Pobladura”. El Pobladura era un macho bretón (raza de tiro muy similar a lo que conocemos por percherón) negro zaino, lo cual quiere decir negro, pero negro como la noche sin luna. Fácilmente rondaba la tonelada de peso, y para manejarlo, sobre todo si había cerca alguna yegua, hacían falta dos hombres bien musculados, y con costumbre de manejar bichos de semejante tamaño, y semejante carácter. Carácter no muy amigable, por cierto, como veremos a continuación.

Es facil suponer que cuando El Pobladura detectó la presencia de la yegua no fue cuando esta apareció en el patio. Seguramente la había venteado mucho antes, cuando todavía la dama estaba a un kilómetro del cuartel. Pero, al entrar aquella preciosidad en el patio, los acontecimientos se precipitaron.

El cuello del semental era como el brazo de una grúa. El primer mandoble lanzó hacia un lado a uno de los soldados, y el otro no tardó en volar por el aire. A continuación se dio la vuelta y se encaró con la yegua. Con la yegua y su jinete, claro está.








Cuando el paisano vio venir de frente aquel leviatán negro, resoplando por los ollares como una locomotora, no lo pensó dos veces. Agarró su paraguas, colgado hasta aquel momento en un costado de la montura, y se tiró al suelo. (Se conoce que consideraba al paraguas como un bien sumamente preciado). Con la precipitación, no se preocupó del lugar de aterrizaje, y al final, el jinete, el paraguas y el recluta que hacía guardia en la Puerta Falsa acabaron hechos un batiburrillo en el suelo del patio.






Cuando el amasijo se desenredó, El Pobladura y la yegua no estaban a la vista. Pero no habían desaparecido. En la calle se oyeron gritos que indicaban que algo estaba ocurriendo... y algo ocurría, efectivamente. La yegua estaba atravesando la plaza de San Marcos a toda velocidad, por delante de la gasolinera, y la casi tonelada del Pobladura la seguía, enloquecido, como un tren expreso en celo. Enfocaron la Avda. de José Antonio (hoy gran vía de San Marcos) y se dirigieron a todo galope hacia la Plaza Circular, entonces Plaza de Calvo Sotelo, hoy en día Plaza de la Inmaculada.






Quisieron la fortuna y el escaso tráfico de entonces que no ocurriese ninguna desgracia, ni en José Antonio ni en la Plaza Circular, que para un caballo a galope tendido no era ningún obstáculo, por supuesto. Atravesaron los dos animales la plaza, saltando sobre los jardines, y se plantaron en plena Avenida del General Sanjurjo.





Y aquí, algo sucedió, aunque, quien podría precisarlo... (las decisiones de las hembras siempre son de difícil análisis, dicen los veterinarios). Al llegar a la altura del cine Avenida, poco antes de la Iglesia de Los Agustinos, la yegua se detuvo. ¿Quizá, fatigada por la larga carrera, recordó el dicho aquel de “hija mía, date por... cubierta”?. ¿Se dio la vuelta, y fue plenamente consciente de la belleza indescriptible de aquel semental?. ¿O simplemente, cambió de idea?.








La cuestión es que, en plena calle, frente a las carteleras del Avenida (un poco antes del cruce con la calle San Agustín) la yegua se detuvo, y sin mas complicación, se dejó cubrir. Y allí mismo, a la vista del personal, sin ayuda de cabo mamporrero ni mas ceremonia que la que la naturaleza requería, la pareja se unió sin cortapisas, formando un espectáculo callejero muy sorprendente en aquella España tan pacata y enemiga de toda manifestación pública de índole sexual. Todo ello delante del cine en el que las parejas buscaban la tranquilidad (y la complicidad) de la última fila.

Alarmado por el escándalo, un guardia municipal se acercó porra en mano (diré mejor defensa en mano, no se confunda la herramienta del guardia con la del semental) y se lió a dar golpes en la grupa del Pobladura, pretendiendo interrumpir la escena. Vano esfuerzo. Nada pudo interrumpir la acción. Y todo, en definitiva quedó consumado.




Con todo esto, con la lengua fuera, y al borde del agotamiento, había llegado hasta allí un nutrido grupo de soldados del Depósito de Sementales, corriendo desde San Marcos, acompañados por el propietario de la yegua. Terminada ya la acción importante, la acción principal, la acción que interesaba... tanto la yegua como El Pobladura se dejaron capturar sin mas complicaciones, y la comitiva se dirigió, ya sin aspavientos, hacia San Marcos, desandando poco a poco lo que anteriormente habían andado con tanto apuro.


No consta en los anales las consecuencias que trajo todo este lío para los dos soldados que estaban sujetando al Pobladura cuando tuvo lugar la larga carrera urbana de los dos equinos. Pero, solo por intuición... imagino que para estos dos pobres hombres, el día tuvo que ser complicado.

                               Con mi agradecimiento a Antonio L. B.

                                                                        Javier Garnica Cortezo.